NOMÁS NO ME QUITEN LO POQUITO QUE TRAIGO: SITUACIÓN NARRATIVA Y TEMPORAL.

Mariel Iribe Zenil

Si hablamos de literatura contemporánea mexicana, indudablemente debemos de mencionar a Eduardo Antonio Parra (Guanajuato, 1965), considerado uno de los escritores más importantes del país en la actualidad y quien se caracteriza por plantearle al lector una realidad cruel, descarnada, consecuencia de los estragos de la violencia en el norte de México, siempre con un estilo muy personal, producto de una brillante conjunción de técnica, oficio y sórdidas historias.

Nacido en Guanajuato, aunque avecindado durante varios años en Linares, Nuevo Laredo, Ciudad Juárez y Monterrey y la Ciudad de México, donde reside actualmente, se dedicó por un largo tiempo a la edición de la sección de nota roja, una experiencia que lo llevaría a situar sus cuentos en espacios fronterizos, precisamente en donde, por circunstancias de violencia inherente a éstos, los personajes se vuelven más vulnerables. Como el mismo Parra sostiene: “Siempre he pensado que México es un país muy violento, que tiene un tradición de violencia desde que nació. En el norte es una violencia más seca. Acá somos más directos, más rudos, más encarados”. (Eduardo, 2010).

Y es precisamente lo “directo”, lo “rudo” y lo “encarado” lo que se puede apreciar en sus textos, los cuales se caracterizan por mostrar mundos marginales y personajes que se desenvuelven en un entorno de violencia que los orilla a degradarse, despojados de toda máscara para dejar a seres humanos auténticos: con miedos, deseos y sueños como los de cualquier otro, pero que cuando son llevados al límite revelan sus más ocultas debilidades.

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Contrabando, de la realidad a la literatura: una obra que no pierde vigencia.

Mariel Iribe Zenil

Las dos de la mañana. Primero unos tiros aislados y luego una ráfaga de metralleta nos despierta obligándonos a ponernos pecho tierra. Estamos desorientados. No sabemos de dónde vienen los disparos. Lo único que sé es que al saltar de la cama me lastimé de nuevo la rodilla. Siento un dolor intenso y al voltear al techo observo el resplandor de las armas de fuego. Cuando se detiene la descarga se escuchan voces y risas muy cerca de nuestra ventana. Después varias camionetas queman llanta y en cuestión de segundos desaparecen. Vuelve el silencio, pero no por mucho tiempo. La misma escena de disparos y camionetas dando vueltas con corridos como música de fondo, se repite una y otra vez hasta las seis de la mañana…

Dos días después de una experiencia como ésta, los únicos sentimientos posibles son el miedo de que vuelva a suceder, la impotencia y la indignación ante un gobierno, en todos los niveles, derrotado de antemano por el crimen y muchas veces su servicial cómplice. ¿Se puede vivir con apatía ante una situación así? Desafortunadamente la mayor parte de la gente de este país así lo hace. Pero, ¿cuál debe ser la postura de un escritor ante aquello de lo que es testigo? Por supuesto, puede negarse a practicar un estilo realista y tratar estos temas de manera velada o metafórica; o incluso puede optar por ignorar el problema y construir una obra intimista, sin embargo —y sin ánimo de volver a esa sobada discusión sobre el deber social de los intelectuales— creo que un escritor, sobre todo si va comenzando su proceso, debe ser cuidadoso en la elección de sus temas y no preocuparse solamente por la forma, a qué puede responder con mejor condición: ¿a sus impulsos internos o a los estímulos del exterior?

En lo personal, Hemingway, Kapuscinski y Capote fueron parte fundamental de mi revolución interna por, precisamente, haber asumido una actitud crítica y estética ante la violencia de la que fueron testigos. El primero, en Muerte en la tarde, habla así sobre sus primeros intentos como escritor: “Me esforzaba para aprender el arte de escribir comenzando por las cosas simples; y una de las cosas más simples y fundamentales de todas, es la muerte violenta”.

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Presentación de “La letra en la mirada”

Aquí les dejo la nota de Elizabeth Gámez, del periódico Noroeste.

Voces diversas, variedad temática y estilística reúne el libro La letra en la mirada, antología que forma parte de la colección Palabras del Humaya segunda época y que fue comentado por César López Cuadras y J.M. Servín.
Puntual, López Cuadras emitió un comentario para cada uno de los 12 autores que participan en la publicación.


“Lo interesante del volumen es que reúne voces muy diversas, llama mucho la atención que gente que participa aquí es gente que se mueve en diferentes recursos, quizá sea por asuntos meramente generacionales. Las voces no suenan todas igual y creo que es un mérito del volumen, porque reunir diversidad de voces es algo que se aprecia”, consideró el narrador sinaloense.

Dijo que le hubiera gustado que la obra fuera acompañada del criterio que se siguió para hacer la selección, aunque domina la crónica en los trabajos de Miguel Ángel Alcaraz, Mariel Iribe, Eduardo Ruiz, Irad Nieto, Óscar Paúl Castro, Jesús Manuel Rodelo, Ricardo Baldor Isidoro, Javier Valdez Cárdenas, José Alfredo Beltrán, Nelly Sánchez, Elizabeth Valdez y Eduardo Valdez.

Ante una sala del Casino de la Cultura llena, López Cuadras, quien se dijo poco frecuentador de la crónica, percibió la propuesta de Tapia como alegórica, al referirse a dos personas que como él dejaron la ciudad, mientras que se sintió atraído por De encuentros, de Iribe, porque no es la crónica lineal y sorprende al lector.
En cambio, La voz de los que hicieron callar sin razón, de Ruiz, dijo que no es propiamente una crónica y que tiene una estructura narrativa sumamente compleja.

El trabajo de Nieto, quien relata la evolución de él como lector, le pareció transparente y claro, así como uno de los textos mejor elaborados en términos de técnica, igual que el de Castro.
Corre, corre, corre, de Rodelo, añadió el autor de Cástulo Bojórquez, es una crónica casi periodística en la que el lector se ve involucrado; mientras que Baldor Isidoro abordó un tema parecido al de Nieto, es decir, su relación con los libros.

En su crónica No te levantes, no te asomes, no respires, Valdez Cárdenas no es un periodista que da cuenta de los hechos que sucedieron, sino cómo viven íntimamente los ciudadanos el último día del año con “la tracatera”.
López Cuadras comentó que Crónicas papales, de Beltrán, fue de los textos que más le movieron, aunque no se refería a términos elogiosos.

Dos vidas convertidas en basura le pareció una de las crónicas más vívidas, pues Sánchez retrata a lo que puede llegar la condición humana para sobrevivir en situaciones miserables.

Del trabajo de Valdez, Dos piratas de parranda, dijo que trata sobre el “numerito” del reencuentro de Joaquín Sabina y Joan Manuel Serrat que se ha repetido no sólo aquí en esta ciudad.

Cualidades y carencias
J.M. Servín destacó el poder de convocatoria de la presentación de La letra en la mirada, pese, dijo, a que no cuenta con autores consagrados.
El escritor dijo que el libro tiene sus cualidades y carencias, y que para quienes se pregunten qué es una crónica la publicación va a despertar muchas interrogantes.
Añadió que uno de los requisitos de la crónica es resolver cinco preguntas básicas: qué, quién, cómo, cuándo y dónde, y que de los 12 textos reunidos por lo menos seis no resuelven estas interrogantes.
Por ejemplo los que narran el acercamiento con la lectura él los dejaría fuera en el término de la crónica y simplemente los consideraría testimonio personal.
“Encuentro aquí textos que tienen un alto valor periodístico como crónica y que incluso uno de ellos, que son estas crónicas sobre el Papa Juan Pablo II, me parece que es un texto interesantísimo, que cumple con todas las características de la crónica canónica”, agregó.
Otros escritos que Servín consideró propositivos fueron los de Rodelo, Javier Valdez y el de Iribe.

AUTORES
Participan en ‘La letra en la mirada’:
-Miguel Ángel Alcaraz, Mariel Iribe, Eduardo Ruiz, Irad Nieto, Óscar Paúl Castro, Jesús Manuel Rodelo, Ricardo Baldor Isidoro, Javier Valdez Cárdenas, José Alfredo Beltrán, Nelly Sánchez, Elizabeth Valdez y Eduardo Valdez.

Presentación de “La letra en la mirada”

Aquí pueden checar la nota de la presentación, del periódico El Debate, de mi amiga Graciela Gaxiola.

http://201.134.78.103/pdfs/270609/cul/CUL270609Cult02.PDF

Palabras del Humaya

Sobre la colección del Ayuntamiento, “Palabras del Humaya” (nueva época), Ulises Cisneros, conductor de “Las Alas del Caballo” (Radio UAS), comenta lo siguiente:

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Palabras del Humaya

La reciente compilación en junio de tres nuevos títulos de la colección “Palabras del Humaya”, promovida por el Ayuntamiento de Culiacán a través de su Instituto Municipal de Cultura, refrenda la importancia que para el ámbito literario de Sinaloa tiene dicho espacio editorial en la difusión de las obras de nuestros escritores.

Los ensayos del libro “Defensa de la demora”, de Frank Meza; los cuentos de Everardo Mendoza en “Otra vez el silencio” y la antología de crónicas, “La letra en la mirada”, completan 24 publicaciones al hilo, caracterizadas por su calidad literaria y un exhaustivo trabajo de criterio editorial que no agota la posibilidades de incluir otras obras propuestas, debido al interés de los escritores de sumarse a la colección.

Bajo la advertencia de que “los libros hay que releerlos tan pausada y cautelosamente como fueron escritos”, Frank Meza despliega en nueve ensayos una amplia reflexión sobre el ejercicio de la lectura en “Defensa de la demora”.

Para el caso, acude a los poemas de Eduardo Lizalde, Francisco Hernández y Gilberto Owen y al Diccionario Crítico de la Literatura Mexicana (1955-2005), entre otros textos, para bordar sobre la necesidad de la demora en el proceso de creación y análisis literario, la inevitable distancia que se establece entre lo leído y las cavilaciones al respecto del lector. Esta obligatoriedad de pausas que estimula “edificar la capacidad de asombro”.

Agudo y disciplinado lector, Frank Meza es un joven poeta y ensayista que hace de su pasión por la lectura un ejercicio de trabajo. Coordinador general del programa “Sinaloa, un estado de lectores” en el Instituto Sinaloense de Cultura, desde hace unos años ha porfiado en el cometido de fomentar el gusto y hábito de leer entre los niños y jóvenes.

La experiencia obtenida en las decenas de círculos de lectura y talleres que promueve en los diversos niveles educativos le permiten establecer sólidas conclusiones respecto a cómo llegar a nuevos públicos lectores que, ante el entorno cibernético, obvian tomar los libros y ejercer la imaginación que da el pensamiento.

Tanto por su valor empírico como por su continua investigación sobre el proceso de leer, Meza conjuga una visión que deviene en la analogía de considerar al crítico literario como un “cartógrafo de archipiélagos al que le interesan tanto los litorales de la isla como el mensaje de humo proveniente de tierra adentro”, la certeza del contacto entre el autor y el lector.

Eso mismo le permite afirmar sin ambages que los seres humanos somos de algún modo, predeterminados por los libros. Huelga el ejemplo de las obras religiosas, La Biblia o El Corán, y de toda aquella obra que haya transformado por su conmoción interna el pensamiento de cualquier persona.

Renglón aparte, los siete cuentos que forman el libro “Otra vez el silencio” de Everardo Mendoza recrean el habla cotidiana de nuestra gente. Sorprendería que el maestro, doctor en lingüística y uno de nuestros más avezados investigadores filológicos, se aventurase por la recreación del léxico popular en unas tramas narrativas. La sospechosa sencillez que se distingue como el tono común de los textos es en realidad el mayor mérito de estas obras.

En ello, Everardo es un profundo conocedor. Durante años se ha dedicado a la investigación lingüística y se ha especializado en rastrear el uso del español en el Norte de México y, en particular, en Sinaloa, siguiendo la pista de los arcaísmos novohispanos que, sin embargo, son de uso común en numerosos grupos de hablantes, como anarcarse y repecharse, entre otros que saltan a la vista en sus cuentos.

En especial, el cuento de “Los chirrines” es de una semejanza estructural y fonética a la del corrido norteño, “Un puño de tierra” y, bajo tal referente, relata con las palabras de la gente común el sentido trágico de las coplas que se funde en la síntesis de la historia que se cuenta de Bernabé Serrano.

Miembro del Seminario de Cultura Mexicana, del Sistema Nacional de Investigadores y de la Academia Mexicana de la Lengua, la trayectoria profesional y académica de Everardo es de una gran consistencia. Su gusto por el cuento proviene desde su adolescencia, y prueba de ello son las tres publicaciones que anteceden a “Otra vez el silencio”.

Por otra parte, “La letra en la mirada” es una antología de crónicas de 12 autores: Miguel Tapia Alcaraz, Mariel Iribe Zenil, Eduardo Ruiz Sosa, Irad Nieto, Óscar Paul Castro, Jesús Manuel Rodelo, Ricardo Baldor, José Alfredo Beltrán, Nelly Sánchez y Elizabeth, Javier y Eduardo Valdez.

A partir de la ficción o de la realidad misma, los textos que componen este libro refieren la pluralidad de miradas de nuestros escritores sobre los sucesos que nos acalambran o nos dejan desapercibidos.

Cinco de ellos son periodistas y el resto, ensayistas, poetas y narradores. La conjugación de sus obras nos refiere el nervio tenso de la realidad que sacude, la angustia de vivir, el descalabro de las ilusiones y el aliento de la esperanza a pesar de todas las calamidades.

Voces diversas, miradas distintas, la antología es una muestra del ejercicio crítico que prevalece en el género de la crónica, aun cuando sus pasajes vayan de la literatura al periodismo, de lo lato a lo inmediato, y viceversa. Cada uno de sus autores se ha curtido en la tarea de escribir y, con frecuencia, leemos sus textos en revistas, libros o periódicos. El acierto que se tuvo en reunirlos demuestra la pujanza de la escritura en Sinaloa.

Bajo la dirección de Papik Ramírez en el Instituto Municipal de Cultura Culiacán, el trabajo editorial de Maritza López y el diseño de Alejandro Mojica, la colección “Palabras del Humaya” se fortalece con estas nuevas ediciones. La expectativa de los escritores sinaloenses de incluir sus obras en ella es una certidumbre por parte de la representación institucional. El reconocimiento expreso al Ayuntamiento de Culiacán por este mérito es consecuente.

La letra en la mirada

La letra en la miradaAntología de crónica

Colección Palabras del Humaya

Autores: Miguel Tapia Alcaraz, Mariel Iribe Zenil, Eduardo Ruiz, Irad Nieto, Óscar Paúl Castro, Jesús Manuel Rodelo, Ricardo Baldor Isidoro, Javier Valdez Cárdenas, José Alfredo Beltrán, Nelly Sánchez, Elizabeth Valdez, Eduardo Valdez.

 

Presentación: 25 de junio a las 7:00 pm en el Casino de la Cultura.

Festival de Literatura del Noroeste

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Aquí les dejo un poco de lo que fue el Festival de Literatura del Noroeste. Esto es lo que sucedió por Tijuana hace unas semanas, y Enrique Mendoza Hernández, colega reportero del diario Zeta, logró hacer un buen resumen de las mesas de lectura, presentaciones y novedades editoriales…


Conversación con un vago insoportable

Mariel Iribe Zenil

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Entre la sierra de Surutato y los campos pesqueros de Sinaloa, César López Cuadras, quien radica desde hace más de treinta años en Guadalajara, ha dado a su escritura la marca de un carácter sinaloense. Asimismo, parte de la premisa de que para que la literatura pueda cumplir función, debe estar hecha de vida. Esta conversación habla, dicho en sus propias palabras, de sus únicos delirios: los libros y la escritura.

 

-¿Que quién mató a Bernardino? Tú sabes quién lo mató, qué te voy a explicar, —dice convencido, y voltea hacia los lados con precaución, buscando un lugar dónde estacionarse.

 

 

 

Después de un breve recorrido por las calles de Guadalajara, caminamos hasta la librería del Fondo de Cultura con intención de buscar la nueva edición de La novela inconclusa de Bernardino Casablanca, pero el aviso de “cerrado”, en la puerta de cristal, nos obliga a dar la vuelta y buscar un lugar para el café.

 

            —Una cerveza bien fría, —pide en tono de broma al mesero, dejando al descubierto su carácter sinaloense, pues a pesar de haber vivido más de treinta años en tierra tapatía, los paseos por la sierra de Surutato, la playa y los campos pesqueros de Sinaloa, marcan su vida y su obra literaria.

 

            César López Cuadras es serrano de nacimiento y costeño por elección, no suya, pe ro sí de su madre, quien apenas con un año de edad lo llevó a vivir a Guamúchil, donde tiempo después conoció las aventuras del Barrio de la Iglesia y el Callejón 6, donde aprendió a robar el vino y las limosnas de las iglesias.

 

            —Soy serrano, pero crecí costeño, y fue en el Callejón 6 donde quedó mi infancia, a un costado de la iglesia del pueblo. Para mí es un recuerdo entrañable, porque era el espacio donde nosotros nos desenvolvíamos a diario, le ayudábamos al cura en las misas, nos robábamos las limosnas y hacíamos travesuras, —comenta entre risas, recordando algunas de las tropelías que hacían enojar al cura y al sacristán.

 

 

¿Te acuerdas de alguna anécdota en particular?

 

En aquel tiempo había una barrera entre el altar y los feligreses, se le llamaba oferto­ rio, entonces cuando mis amigos se acercaban ahí a comulgar, les golpeaba la manzanita con el platillo que se pone bajo la barbilla; o le poníamos chile chilpitín al incensario y eso enchilaba los ojos de la gente. Nosotros nos reíamos mucho, los de los ojos enchila­ dos, no tanto.

 

Sin duda, aquel callejón se convirtió en su matriz extendida, en un recuerdo recurrente que, aunado a la influencia religiosa de su madre y su abuela paterna, lo llevaron al primer acercamiento físico con lo que hasta ahora sigue siendo su único delirio: los libros y, tiempo después, la literatura.

 

 

 —Esto es lo más sencillo de contar. Tuve una abuela que vivía con nosotros en el callejón de la iglesia y ella tenía una Biblia católica muy bonita. Así empecé a leer pasajes de la Biblia desde muy niño y lo que llaman lecturas piadosas, de tal manera que cuando salgo de primaria, con ayuda de un profesor, Samuel M. Gil, que nos leía en voz alta tex­ tos de Edmundo de Amicis, fui tomándole gusto a la literatura. Pero fue mucho después cuando materialicé todo esto en textos para publicación.

 

Guamúchil era un pueblo donde no había libros, entonces fue mucho más tarde cuando recuperé aquellos textos que meleían y que ya me parecieron muy melosos, muy ingenuos. Las mejores lecturas, con las que me inicié realmente, las realicé en la preparatoria, cuando ya no era creyente.  

 

¿Nunca odiaste las clases de literatura?

 

En tercer año de secundaria me hicieron leer El Quijote, y por supuesto que no sólo detesté al maestro que me obligó a hacer aquello, sino también el libro, lo odié. Pasaron más de doce años para que, por voluntad propia volviera a leerlo y, claro, le encontré mucho sentido, al grado que ahora lo vuelvo a leer de cuando en cuando; es una lectura constante que tengo en casa.

 

César ya había adoptado irremediablemente, a los dieciocho años, el gusto por la literatura, y no había vuelta atrás; pero en Guamúchil no había libros y encontrarlos fue lo que le resultó, paradójicamente, toda una hazaña.

 

—Quería libros y me puse a buscarlos. Algunos profesionistas que tenían interés en la literatura me ayudaron a tener buenas lecturas. Me acuerdo que el doctor Jesús Rodríguez, quien fue gobernador provisional de Sinaloa, me facilitó dos tomos, y vaya tomos, los tuve que amarrar de la parrilla de la bicicleta. Eran de Shakespeare: Tragedias y comedias.

           

Así empecé a leer también a Flaubert, y a otros autores europeos, y cuando llegué a García Márquez aquello ya fue una explosión. En la preparatoria leí a todos los escritores del boom latinoamericano, gracias a mi estrecha relación con esas personas, que eran mucho más grandes que yo.

 

 

 

 

Con el tiempo el escritor sinaloense descubrió la narrativa inglesa, francesa, rusa y norteamericana. Pero fue en la universidad cuando se decidió a escribir. Sus primeros trabajos, cuyos resultados lo dejaron muy inconforme, “fueron arrebatados a la posteridad por la taza del baño”.

 

—Tenía la inquietud de escribir y no sabía cómo hacerlo, pero bueno, ya era lector, y gracias a estas influencias ahora ya no puedo estar sin leer. Fue un proceso prolongado, pero eso me ayudó a retomar la escritura y crear textos que, me pareció, tenían algún valor y quizá alguien podía interesarse en publicar, —comenta y, por primera vez, cambia la sonrisa por una actitud solemne, que por más que intenta, no puede conservar por mucho tiempo.

 

El descubrimiento de la creación

 

Para César López Cuadras el tiempo que le dedicó a sus lecturas fue clave para, años después, en 1992, encontrarle sentido a la creación al escribir, en sólo diez meses, su primera novela: La novela inconclusa de Bernardino Casablanca, en la cual plasmó los recuerdos más impactantes de su  infancia y juventud.

 

            —Mis libros no hablan de mí, pero sí hablan del ambiente cultural en el que viví. Bien que mal, uno tiende a dar cuenta de su gente y de su tiempo. En Bernardino… hay mucho de autobiográfico. No es nada casual que haya ahí muchos pasajes que se desarrollan en un burdel. Porque nosotros íbamos a los burdeles, primero a asomarnos por las ventanas: las pintaban de azul y rojo, nosotros le rascábamos a la pintura y por ahí veíamos lo que pasaba adentro; después… a toma r cerveza. También aparecen personajes muy cercanos a mi vida, —dice con ungesto de complicidad.

 

Hablemos de un personaje que le da vida a la novela, un toque de humor: el Cuícuiri. ¿Quiénera?

 

Es una mezcla de personajes reales, como lo son todos los personajes. En la vida real no le decimos el Cuícuiri, pero la palabra tiene el mismo ritmo: es el Máculi. Y como  en el burdel había un cantinero que se la pasaba todo el día cantando esa canción que cantaba Pedro Infante: “Pos cuícuiri… pos cuícuiri”, le puse así al personaje. Por otro lado, el personaje principal, Bernardino, es una persona muy conocida por aquellos lares, pues fue uno de los pioneros en el negocio.

 

En Cástulo Bojórquez también vas a encontrar cosas que son muy autobiográficas. El personaje principal era un familiar mío, que obviamente no se llamaba Cástulo (ni se trata tampoco de la historia de su vi­ da), y como ya se murió, no lo vamos a meter en esto.

           

Hay que escribir de lo que uno sabe. Yo es­ cribo de lo que viví, y Guasachi es una com­ binación de Guasave y Guamúchil, dos pueblos vecinos que siempre han sido rivales. Es un pleito viejo y estúpido. Los de Guasave dicen que los de Guamúchil son muy tontos y los de Guamúchil dicen de aquéllos lo mismo. Pero son iguales.

 

 

 

 

 

 ¿Cuando empezaste a escribir La novela in­ conclusa de Bernardino Casablanca ya tenías resuelta la historia?

 

Sí, ya sabía quién lo había matado, ya te­ nía toda la novela en la cabeza. Aunque no se trata de la historia del personaje real: con la vida de los personajes verdaderos construí otro mundo y trabajé para volverlos creíbles. El narrador es un impostor y debe meterse en la piel de los personajes, asumir incluso la personalidad femenina, como en el caso de la esposa, Rosa Elvira. Uno puede pensar como una mujer, el hombre encierra una parte femenina.

 

¿Su eco femenino podría provenir de tu abuela, de tu madre, o de las mujeres que te rodearon, sobre todo en tu infancia?

 

Claro, todas esas mujeres son importan­tes, incluso las muchachas que ayudaban en casa. Obviamente estas mujeres influyen. De hecho yo llegué a los libros por ellas, so­bre todo por mi abuela paterna, quien fue muy importante para mí.

 

Al leer a Bernardino…, sin duda el lector piensa en López Cuadras conversando con Truman Capote para resolver el drama de un escritor que se ve frente a su primera novela.

 

Algo hay de eso. Hay un elemento a con­siderar: cuando Narciso Capistrán conversa con Capote, su interés primordial es: “¿Cómo voy a escribir una novela si nunca lo he hecho?” Quería explorar qué siente un es­critor que va empezando, porque también era mi caso. Entonces en la novela se pro­blematiza el propio proceso de creación.

 

¿Quién mató a Bernardino?

 

(…)

 

Está bien… Me imagino que el proceso de crea­ción de La novela inconclusa fue muy diferente al de Cástulo Bojórquez. ¿Qué significa para ti ésta última?

 

Sí, fue muy diferente. Cástulo Bojórquez es una novela mucho más trabajada, con tres líneas narrativas, tres historias, tres finales, además del habla y el espacio geográfico. Está el habla de una época y el de una región. Para mí hay una diferencia muy clara entre las dos novelas: la novela de Bernardino me costó diez meses y, prácticamente sin revisión, ganó el Primer Concurso de Publicación de Obra Literaria de la U de G, en 1993.

 

Cástulo es una novela mucho más elaborada, no digo que mejor ni peor, pero sí me costó mucho más trabajo y tiempo, tardé cinco años escribiéndola, de 1993 a 1998. Contiene ele­mentos sobre los que tuve que documentar­ me, muchas cosas que no conocía. Me dedi­qué a estudiar procesos mineros, los métodos y las tecnologías vigentes en el siglo XIX. Y muchos más, por lo que es una novela con una estructura compleja; sin embargo, Ber­nardino es con la que más me identifico.

 

De alguna manera refleja la fluidez con la que se escribió…

                                                                                               

Sí, creo que es una novela muy fluida, llena de momentos de carácter pictórico que son parte de la cultura en la que vivimos en Sinaloa: béisbol, mariscos, cerveza, todo eso que forma parte de nosotros, el espacio vital, las actividades que definían nuestra vida diaria. Los burdeles, las vagancias por las huertas del río. Retrata lo vago que fui, y afortunadamente eso no se me ha quitado, en el buen y el mal sentido de la palabra, pues viajo con relativa frecuencia; y vago en el sentido peyorativo porque era un vago in­ soportable. Pero tenía que vivir la vida y la vivía como el mundo me la presentaba. No había para dónde hacerse.

 

Dentro de Bernardino Casablanca también se puede encontrar un eco de la que López Cuadras considera una de las novelas más impactantes de la literatura universal: Madame Bovary, la cual se puede ver reencarnada en uno de los personajes.

           

Sí, Madame Bovary está en Bernardino, en Rosa Elvira. En su soledad de esposa aban­donada, empieza a leer Las mil y una noches. Le cae un vendedor de enciclopedias y compra el libro. Se puso a leer y descubrió por la vía de la literatura las posibilidades de su cuer­po ante un amante furtivo, el compadre o elacomedido que nunca falta. Es un personaje fuerte que no renuncia a vivir,  —apunta.

 

Al fondo, la narración de un juego de futbol in­terrumpe la conversación. López Cuadras recuerda los pasajes del juego de béisbol ensu novela. Sonríe.

 

 

“El tiempo nos lleva hasta donde una memoria se inventa”: José Saramago

 

Mientras escribía Cástulo Bojórquez, Césardescubrió que el proceso de escritura tiene muchas facetas, algunas divertidas y otraspenosas, ya que al escribir se trabaja con instrumentos como la imaginación y la sensibilidad, pero sobre todo con intuición, tan­teando un terreno desconocido.

 

—Se aprende mucho en el proceso de es­critura. Cuando se penetra en el terreno em- pieza a trabajar la intuición. Descubres cosas y ahí es cuando uno dice: si no incluyo tal elemento, mi novela tendrá una deficiencia. Cástulo está mucho más trabajada en ese sentido. Bernardino fluyó naturalmente de la mente al papel; Cástulo no, —dice mientras sostiene la cerveza frente a su rostro como punto de apoyo.

 

Decías que Cástulo Bojórquez tiene mucho de investigación. ¿Qué tan difícil fue esta etapa?

 

Me llevó mucho tiempo, porque no que­ ría tener un tratado de minería dentro de la novela, sino cierta ambientación, un micro­ cosmos como suele decirse. Conozco mine­rales viejos de Sinaloa, pero ignoraba los procedimientos. Tenía muy clara la idea de cómo iba a ser el pueblo por San José de Gracia, que está en el municipio de Sinaloa de Leyva y me sirvió de modelo.

 

¿Y Casas Grandes?

 

Casas Grandes es una invención mía junto al pueblo minero abandonado, aunque tuve que hurgar en la historia. No se trata de un pegoste de conocimientos sobre lugares y minería, sino de explorar el mundo de la minería con la intención de explorar el tipo de relación que se establece entre todos los que están presentes en ese espacio.

 

 

Uno de los muchos méritos de las novelas de César López Cuadras es que logran explotar con verosimilitud la evolución de los personajes.

 

Se dice por ahí algo que ya es un lugar co­mún entre escritores: que escribir una nove­ la es como un viaje, y no sólo es un viaje a los espacios donde la novela se desarrolla, sino que es un viaje interior. Uno no sale como entró después de escribir una novela. En es­ te sentido, la novela la tienes que vivir: se escribe con el cuerpo.

 

A lo largo de todo este proceso queda algo de todos estos personajes dentro de ti: tú eres Ber­nardino, el Cuícuiri, Cástulo, Rosa Elvira…

 

Es algo que pertenece a la narrativa, muy diferente a lo que pasa con los poetas. Los poe­tas construyen un mundo, que les es propio. El narrador, en cambio, es sus personajes; cier­to que los ve desde su punto particular, pero además los interioriza. Uno se mete en la piel del personaje para explorarlo y puede asumir entonces que ellos son parte de su vida.

 

En Macho profundo consigues manejar el hu­mor, te burlas del personaje machista mostrando su debilidad.

 

Para eso es lo que da la condición de ma­cho: para la burla. La del macho es una per­sonalidad muy débil, y eso es lo que trato de explorar. Afortunadamente el libro se ha vendido muy bien, se ha agotado ya la terce­ra edición y en un espacio donde no se tie­nen muchas posibilidades para la distribu­ción y la mercadotecnia.

 

Sin embargo has recibido críticas por ese humor.

 

A una amiga psicóloga de la U de G, le pareció de muy mal gusto y considera que el profesor Cordobanes, el personaje princi­pal, soy yo: ella no distingue entre autor y personaje. Lo que pretendí en esta novela era explorar esa personalidad endeble con un lenguaje coloquial y con sentido del humor.

 

A pesar de la crítica, López Cuadras considera que Macho profundo está escrita desde una perspectiva femenina, ya que es una novela donde la mujer demuestra su fortaleza, aunque sin recurrir a fórmulas, a las que considera impro­ductivas.

 

No tengo fórmula porque son improductivas, se prestan muy poco para la creación. Me divertí mucho cuando escribí Macho pro­ fundo, pero para mí no es un simple diverti­mento, sino una novela; corta, pero es una novela: es la relación entre un hombre y una mujer, como hay miles. Pero no soy quién para defender mi trabajo. Que el lector la juzgue, —comenta mientras se escucha el eco estridente de un gol.

 

 

El cuento

 

En La primera vez que vi a Kim Novak, López Cuadras experimenta por primera vez con lo autobiográfico, en un libro de cuentos donde jamás interviene como personaje pero sí deja muy claros ciertos pasajes de su vida.

 

 

—En ese libro se perciben episodios de mi vida. También la idea que yo tenía en­tonces sobre la creación. Esos cuentos tie­nen un carácter muy insipiente, son mis pri­meros trabajos, es algo a lo que apenas nos estamos avocando.

 

 

Otro de sus volúmenes de relatos es Mar de Cortés, donde el espacio geográfico es el mar, la rivera, la bahía de Topolobampo y en el cual también le apuesta al humor, dejando al descu­bierto el costeño que dice ser.

 

—Por lo general le apuesto al humor, en cuento o novela. Escribo cuento, aunque no soy un cuentista, pero respeto mucho el gé­nero; sé que mi género es la novela. Sobra quien no esté de acuerdo conmigo, pero creo que hay una diferencia fundamental entre crear cuento o novela. En el cuento lo im­portante es el desarrollo argumental, y los personajes sólo son desarrollados en la me­dida que aquello lo reclama. Se hace novela, en cambio, básicamente a partir de persona­jes: Madame Bovary, Ana Karenina, el mis­mo don Quijote.

 

 

La relación autor-editor

 

¿Cómo ves la relación autor-­editor en la época actual?

 

Hubo un tiempo en que el trabajo de edi­tor implicaba una relación personal con el escritor, un compromiso íntimo en la bús­queda de autores y obras a publicar. En esta relación, la calidad literaria de los textos era el referente básico. En los años recientes, este aspecto se ha visto trastocado. Los se­llos editoriales tradicionales han sido adqui­ridos por los grandes grupos editoriales, y estos introducen criterios de carácter empre­sarial, desplazando lo literario a un lugar se­cundario. Es decir, hoy interesan más las po­tencialidades mercantiles del producto que la calidad literaria de los textos.

 

Lo que nos lleva a revisar estas estrategias donde literatura y mercadotecnia van tomadas de la mano.

                   

Y no sólo van tomadas de la mano, sino que la segunda orienta a la primera. Y dis­culpa que introduzca aquí algunos elemen­tos de economía política (lo que revelará mi negro pasado de economista). Aquí no sólo cambia la relación entre autor y editor, sino entre consumo y producción: las grandes empresas editoriales tienden, en su afán de ganancia, a conformar formas de consumo propicias a sus fines últimos, la rentabilidad.

 

Del lado de los escritores, ¿tiene este fenómeno implicaciones al momento de decidir sobre qué van a escribir y cómo?

 

Siempre será una prerrogativa del autor decidir al respecto, y creo que muchos de ellos se atienen a este principio. Pero creo que también existen orientaciones tácitas desde el momento en que una editorial de­cide qué publicar o no. También de manera expresa se ha llegado a decir “no metas en problemas al lector” o “piensa en un lector cosmopolita”, es decir, maneja niveles de lenguaje accesibles a todo mundo y que se presten a la traducción a cualquier lengua; en otros términos, olvídate del elemento te­lúrico (los espacios de mi vida, el color local) y sólo piensa en espacios y argumentos in­ternacionales: París, Nueva York, Estambul, el Amazonas, el Sahara o Machu­pichu.

 

La intención de fondo es que el tipo de lector al que se quiera llegar se sienta partí­cipe de este mundo internacionalizado: una aspiración clase mediera sustentada en la es­peranza de que, algún día, antes que el des­ tino nos alcance, el puntaje acumulado en Aeroméxico le alcanzará para llegar a alguno

 

¿En tu caso?

 

Yo viajo por Air France… Perdón, perdón por el chascarrillo tan mamila. En mi caso, me atengo al principio de la independencia absoluta del autor para decidir sobre las temá­ticas a abordar y la manera de hacerlo. No pienso en el mercado o en las posibilida­des de publicar, aunque después tenga que testa entrecortando una carcajada. hacerlo. Asumo el criterio de Flaubert al res­ pecto, quien dice (cito de memoria): “vale lo mismo Ivetot que Constantinopla”; en otros términos: el drama humano, que es lo que interesa en toda novela que se precie como tal, se encuentra por doquier y, en con­ secuencia, no sé por qué ha de ser más impor­tante (o más dramático, si cabe la redundancia) un drama neoyorquino que uno de Guasachi.­

 

La novela en la que estoy trabajando es una novela urbana, sucede en una gran ciu­dad, o al menos grandota; es un espacio ur­bano muy definido, y hay referentes de la ciudad de México, lo que es ineludible en este país centralista.

 

La tarde siguió su curso y en el aire queda­ron suspendidas demasiadas preguntas. López Cuadras dejó la botella vacía sobre la mesa y caminó a paso lento hasta el carro. El trayecto de regreso le pareció mucho más corto y el aire sofocado de las dos de la tarde entraba por la ventana para despeinarle lige­ramente el cabello.

 

¿Entonces qué?  ¿Qué contestas cuando te preguntan quién mató a Bernardino? César regresa a la pose que usa para responder a las preguntas serias, pero de nuevo no puede sostenerla y con­testa entrecortando una carcajada.

 

 

Les digo que a Bernardino lo mató la vi­ da, o que a lo mejor fue consecuencia natural de ser tan mujeriego. O los mando a que lean bien la novela, o definitivamente les di­go que no me estén chingando.  

 

Mariel Iribe Zenil (Chicontepec, Veracruz 1983). Realizó estudios de Ciencias de la Comunicación en la Universidad de Occidente. Es coautora de a fin de cuentos (2007). Ha colaborado con entrevistas y crónicas en las revistas Textos, Literal, la revista virtual andante26, el periódico www.lostubos.com y el diario deportivo Record. Fue conductora y reportera de Las noticias (televisa Culiacán) y del periódico Noroeste. Como cuentista fue becaria del FOECA Sinaloa en 2006. Reside en Culiacán desde 1997.

 

Casi nunca

 

Mariel Iribe

Una buena noticia, y una buena oportunidad para leer al autor de “Porque parece mentira la verdad nunca se sabe”.

El mexicano Daniel Sada ganó el premio Herralde, con su novela “Casi nunca”, y Tryno Maldonado, estuvo entre los finalistas, con su novela “Temoporada de caza para el león negro”.

Pero esto ya no es noticia. Ahora hay que comprar el libro, y esperar la temporada de caza, para empezar a leer desde algún café de Culiacán.  Aquí les paso la lista de finalistas, y también les dejo unas palabras de Tryno, quien al enterarse de la noticia me comentó: “No lo puedo creer. Pero hay otro mexicano. ¿Quién será? No lo puedo creer. Nooooo”. Estas fueron sus palabras. Felicidades Tryno.

 lunes 3 de no-viembre.

El jurado está compuesto por Salvador Clotas, Juan Cueto, Esther Tusquets, Enri-que Vila-Matas y el editor Jorge Herralde, y la dotación es de 18.000 euros.

Se han recibido 244 originales, de los que, después de la primera selección, han pasado a las deliberaciones finales los 10 siguientes:

Vidas en mil pedazos, de Alter (pseudónimo), España

Bajo este sol tremendo, de Carlos Busqued, Argentina

Seg-76, de Robert Capa, (pseudónimo), Argentina

Ruinas Familiares, de Luis Fernando Charry, Colombia

Casi nunca, de Daniel Sada, México

Temporada de caza para el león negro, Tryno Maldonado, México

Asuntos propios, de José Morella, España

El hombre invisible, de Suraki Rathan (pseudónimo), Perú

Petrarca para viejos, de Jan Sidlecky´(pseudónimo), Perú

Tristan, de Patricia de Souza, Perú 

 

                               

   La reseña de “Casi nunca”, la pueden encontrar aquí:

http://www.anagrama-ed.es/titulo/NH_444

 

 

 

 

Descubriendo a Owen

Mariel Iribe Zenil

Gilberto Owen, nació el 13 de mayo de 1904 en Rosario, Sinaloa. Fue hijo de Esperanza Estrada y Guillermo Owen, gambisuno rubio con sangre irlandesa que llegó a Sinaloa a encontrar fortuna en el Mineral de Rosario. Esto lo sabemos mitad gracias a los descubrimientos de investigadores como Francisco Beltrán Cabrera, y mitad por palabras del propio Owen. Sin embargo, aún sobre datos tan elementales como el de la existencia de un padre como el que él relata, no se tiene ninguna certeza.
Sin duda, a la vida y obra del sinaloense los mantiene unidos un lazo indestructible, aunque no muy fácil de percibir, porque no se sabe donde comienza la obra literaria y donde el dato biográfico. Owen tendía a mitologizar su propia vida como un recurso para crear un personaje, y quizá para hacer que su figura como ente histórico perdurara, paradójicamente, más que la de algunos de sus contemporáneos que fueron hombres de la vida pública.
Como escribió Rosa García Gutiérrez:

De Owen podría decirse, como dijo Villaurrutia de Novo en su reseña a El joven, que para él “la vida era un poco literatura”, aunque en un sentido inverso: Owen no llevó a su vida parámetros literarios, no intentó vivir de acuerdo con los dictados que le imponían los libros que leía, sino que trasladó su vida a la literatura para construir con la palabra poética su otra autobiografía: la del escritor Gilberto Owen, complementaria a la del hombre Gilberto Estrada, su nombre legal.

Quizá Owen, en un juego en el cual pretendía ir creando a voluntad su propia historia, llegó a mentir –o sólo a maquillar cierta información, como la existencia de su padre minero o su fecha de nacimiento- y así poder hacer de su vida el mito que Tomás Segovia, Alí Chumacero, Luis Mario Schnider, Inés Arredondo, Josefina Procopio, Miguel Capistrán, Francisco Beltrán Cabrera y Vicente Quirarte, entre otros, han intentado descubrir, reuniendo sus obras y testimonios sobre su vida dispersos en publicaciones de poca fortuna, hemerotecas, oficinas recónditas y archivos muertos.
Sin embargo, el último de ellos, el autor que hoy nos ocupa, se propuso ir más allá y establecer no sólo un orden cronológico, sino plasmar un hombre de carne y hueso, mucho menos fantasmal que sus antecesores, y retribuir a Gilberto Owen lo que la historia, o la parcialidad de ella, le había arrebatado.
En una entrevista que tuve oportunidad de realizar hace algunas semanas, Vicente Quirarte me contó que siendo estudiante del Colegio de México, en 1978, descubrió su atracción por Owen y Luis Cernuda, dos poetas poco conocidos en esa época. Pero fue años después, maravillado por los versos de Sindbad el varado, que empezó a descifrar el misterio, a buscar caminos por dónde transitar, con el afán de llegar al centro mismo del mito del fantasma, del equilibrista, de Gilberto Owen.
Y así como el poeta Sinaloense decidió hacer del viaje tema central de su poesía, para armar el rompecabezas de esta historia, Quirarte ha navegado en un viaje permanente, sin descanso, alrededor de lo que aún a pesar del tiempo, sobrevive intacto en la memoria de los protagonistas de aquella época (Blanca Margarita Guerra Estrada, Clementina Otero, Marinela Barrios Otero, Victoria y Guillermo Owen Salazar)
Vicente Quirarte elige en este libro, como los siete viajes de Sinbad, siete momentos en la vida de Gilberto Owen, muchos de ellos tomados de estudios y registros dispersos, y construye un libro formado por siete capítulos, todos contados con la astucia del narrador que deja en la tinta la emoción del descubrimiento y nos presenta no sólo al poeta sino al niño vidente de Rosario, que predice terremotos y asusta a los vecinos; al joven que bajo el mando de Álvaro Obregón hace resúmenes diarios de noticias; al Owen que madura de prisa, que aprende a tocar todos los instrumentos de orquesta, al que actúa en el teatro de Ulises, a aquél que se enamora de la chica Otero e inicia una historia epistolar que, sabe, está destinada al fracaso, pero que seguiría viva hasta nuestros días gracias al poder de su palabra; descubrimos por primera vez al librero en Bogotá, al diplomático en Nueva York, Lima, Guayaquil, Filadelfia, y al Owen alegre que regresa a México para buscarle un nuevo sentido a su vida.
Al hacer este recorrido en el tiempo, se puede percibir que a Quirarte lo mantienen vivo dos cosas: la duda y la exhaustiva búsqueda para resolverla.
Por eso sale a buscar los testimonios que ahora le dan vida a Invitación a Gilberto Owen, y nos muestra un panorama más amplio del poeta, lo cual conlleva a una mejor comprensión de su obra. Se conoce, gracias al epistolario amoroso Me muero de Sin Usted, en el cual Vicente Quirarte y Marinela Bariios Otero se encargan de reconstruir el amor que Owen sentía por la actriz Clementina Otero, que ambos actuaron en la obra El Peregrino, de Charles Vildrac, traducida por nuestro poeta, y en la cual ella encargaba a Dionisia y él al tío que se encargaba de su educación sentimental. A partir de ese episodio, Owen transforma la realidad y la convierte en parte de su obra cuando escribe:

“Recuerda aquella postura, en que yo era tu tío y que ha
eternizado
otra fotografía desenfocada por un temblor de tierra en la luna”

Esto nos recuerda que Oscar Wilde, invirtiendo el sentido de la frase de Aristóteles, dijo que la naturaleza imita al arte, y en el caso de Owen, esto resultó ser verdad. En aquella obra, Owen encarna al tío de Clementina, sin saber que más tarde conocerá un amor, como salido de un drama, y que a su vez también hará eco en su poesía.
En este libro, Quirarte logra recrear con naturalidad la vida del poeta desde diferentes perspectivas, y al hacer uso de la primera persona, seduce al lector con la anécdota de Blanca Margarita Guerra Estrada, esta prima de Owen, a quien conoce, sencillamente, por casualidad, sin pensar, que estaba frente a la protagonista del Libro de Ruth.
Vicente Quirarte la recuerda aún con la emoción de aquél día:

“Ahí estaba frente a mi Blanca Margarita, y lo único que hice fue lanzarme sobre ella”.

Al dar la vuelta a cada una de estas páginas, la sensación es la del deleite puro que deja en nosotros una buena prosa; se avanza en el tiempo con un ritmo inteligente y el lector se encuentra frente a una línea elocuente que atraviesa la vida de Gilberto Owen, al mismo tiempo que el autor camina en su viaje alrededor del poeta.
También es posible percibir en la calidad de la investigación, los muchos viajes de la Ciudad de México a Rosario y de México a Colombia, donde hay que resaltar, rescata de las manos de Victoria Owen Salazar una iconografía que nunca antes había sido publicada, donde se aprecian las diferentes etapas del rosarense – el parecido con su madre, el álbum de la familia Owen Salazar, su estancia en Toluca, y sobre todo, el cuadro a color de Ignacio Gómez Jaramillo.
Así, consciente de que la biografía siempre será parcial y complicada, Quirarte supo recrear las historias de una manera particular y hasta polémica para los ortodoxos, pues defiende su inclinación por la biografía de interpretación, aquella en la que se puede recrear con libertad los momentos de los cuales jamás se tendrá plena certeza de cómo ocurrieron. Pero al mismo tiempo, este libro establece un nuevo punto de partida para los investigadores, pues sobre Gilberto Owen, siempre estarán el mito y la duda en el aire.

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