¿Otro tequila, compa?, preguntó el cantinero sacándome de la oscuridad donde yo insistía en meterme. Mejor una chela, hace calor, contesté. En su sonrisa creí percibir cierta complicidad. Dos segundos después una botella escarchada de Pacífico humeó sobre la madera de la barra.
Miguel Tapia Alcaraz, Al pueblo llegó un fulano.
Mariel Iribe Zenil
Entre los recuerdos de los viajes y la infancia, Miguel Tapia Alcaraz (Culiacán, Sinaloa 1972) rescata la esencia de la literatura para dar vida a insospechados lugares como Maravatío y Trescaballos, escenarios del libro de cuentos Los caimanes, y que sin lugar a dudas, se encuentran en algún rincón de Sinaloa.
Tapia Alcaraz ha publicado traducciones del francés al español en las revistas TextoS, Literal y Punto de Partida. También ha trabajado como periodista en México, Barcelona y París. Su cuento “Al pueblo llegó un fulano” fue seleccionado por Eduardo Antonio Parra para integrar la antología “Los mejores cuentos mexicanos” en el 2004. Desde el 2002 es miembro del taller literario que dirige Martín Solares en París.
-La voy a ignorar.
Es lo primero que dice el narrador sinaloense cuando la grabadora comienza a girar sobre la mesa, y se frota las manos reiterando que está listo para las respuestas. Y es cierto, Miguel Tapia ignora la cinta magnética, y al igual que su prosa, limpia y precisa, deja fluir la conversación.
De las cuerdas al papel
La música y la literatura fueron su primer descubrimiento. Antes de entrar de lleno en el camino de las letras, pero ya inmerso en la necesidad de la literatura, Tapia Alcaraz creció con el ritmo de compases y silencios.
“De chico leía mucho a Julio Verne, leí el Quijote y me encantó. También leía a varios escritores rusos porque a mi padre le gustan mucho, pero difícilmente los terminaba, me quedaban grandes. Pero después retomé esas lecturas y pude disfrutarlas. No sé porque, pero desde chico sentía la necesidad de leerlos y como no podía terminarlos leía fragmentos, pero siempre los estaba leyendo.
“Después llegué a la música y durante mucho tiempo pensé dedicarme a eso. Tocaba la guitarra en un grupo que se llamaba “Se acabó la rabia”, pero por cuestiones que no entiendo me alejé de la música y empecé a escribir. Todo tiene su tiempo. Tuve tiempo de tener el pelo rojo con trencitas, de andar de gira haciendo presentaciones y no sé cómo me fui alejando de eso y al mismo tiempo que me alejaba empecé a escribir, poco a poco”.
Los Caimanes: entre México y París
Y como todo tiene su tiempo, decidió irse de Culiacán en 1995 “Era el momento de pasar a algo diferente, a algo nuevo” tal y como lo dice su personaje en “Servicio público”, uno de sus cuentos.
“Me fui al DF en el 95 y en el 2001 me fui a Francia. El plan era estar ahí un tiempo, pero jamás pensé quedarme tanto. Cuando llegué a París hice de todo. Al principio trabajé en una empresa mexicana, enviaba resúmenes de la prensa francesa, después di clases de español, de guitarra, trabajé en un restaurante, hice traducciones, mandé artículos que nunca me pagaron, hasta que entré de redactor a la agencia AFP, que es lo que hago ahora. Después salió una oportunidad y estudié comunicación, estudié un postgrado en literatura. Me quedé a trabajar.
“El libro “Los caimanes” no lo empecé a escribir como un proyecto, pero el primer cuento debe ser como del dos mil, aunque casi todo el libro lo escribí en los últimos tres años en París”.
Pero más allá de encontrar una respuesta en la búsqueda constante de un estilo propio y del hilo conductor de las historias, Tapia Alcaraz, se ha ido descubriendo en el fondo de cada uno de sus textos.
“Hay cuentos que siento más ligados a mí, pero a todos los siento muy míos. A fin de cuentas todos te enseñan algo sobre ti mismo, algo sobre tu propia necesidad de escribir, sobre porque estás escribiendo y para que. En la literatura la finalidad y la causa es lo mismo y no es algo que se pueda expresar en una frase sencilla, la respuesta es la obra de cada autor. Para mí la literatura es la búsqueda de un sentido a la existencia y yo creo que para autor y para cada lector la respuesta es distinta”.
Sin embargo, Miguel Tapia está consciente de que sus textos se transforman, como si cobraran vida propia, para revelarse e imponer sus propias reglas.
“Bueno es un procedimiento y cuando termino un texto llego a algo que no había planeado. También al mismo tiempo en que vas cambiando tu forma de escribir, en que vas evolucionando, también van cambiando tus lecturas, te abre nuevos caminos, nuevos rumbos, la escritura es reescritura, nadie escribe cosas que no se hayan escrito antes, solo se busca una forma diferente”.
El taller del autoexilio
Lejos de México, pero sobre todo de tierra sinaloense, llegó al “taller de los autoexiliados” con Martín Solares, donde trabajó la mayor parte de su libro, al lado de narradores de diferentes nacionalidades como Jorge Harmodio, Iván Salinas y Marcos Eymar (Madrid).
“Una vez vi en un cartel que había un encuentro de escritores mexicanos que vivían en Europa. Esto fue en el Instituto de México en París. En el encuentro estaba Jorge Volpi, que era director del instituto, Martín Solares, Ignacio Padilla, y Guadalupe Nettel. Ahí se comentó lo del taller que hacía Martín Solares y al final hablé con él, me invitó al taller y me quedé.
Con algunos cuentos bajo el brazo, Miguel Tapia Alcaraz hizo su primera lectura frente al taller, y a petición de Martín Solares se quedó.
“De esos cuentos sólo sobrevivió uno que está en el libro, se llama Escalón perdido, ese es el cuento más viejo del libro. Después, todo mi material ha pasado por la crítica del taller. Es el único taller en el que he estado, pero ha sido un taller muy abierto y me ha servido mucho. Cuando terminé el libro lo mandé a varios concursos, pero nunca pasó nada. Después la editorial Almadía se interesó y así fue como surgió”.
Pero aun estando lejos de México, el narrador busca en los rincones de la memoria cada uno de sus escenarios, evocando en sus textos el calor, la música, y todo tipo de anécdotas con ambiente sinaloense.
“Creo que el haber pasado la infancia, y la adolescencia en Culiacán, naturalmente me marcó, y los lugares y las historias se desarrollan en lugares de Sinaloa. No sé en donde están, pero por ahí deben de andar en los límites de algún poblado”.


muy buena, me agradó bastante ésta entrevista. Muy bien, felicitación
Me da mucho gusto leer esto. Miguel fue un amigo en Paris, yo le llamo el “chilo” pues es una frase que, al menos en esa epoca (2001-2002) repetia el con frecuencia.
En horabuena.