Fotos de Valparaiso, Delia Kosset, Mariel (yo) y Frida
En la primer foto se pueden ver los ascensores y en la de al lado está la ventana de la Sebastiana, así veía Neruda el mar.
Desde Neruda hasta el ascensor
Mariel Iribe Zenil
Desde las ventanas de La Sebastiana, claraboyas de antiguos barcos que ahora son ojos, parpadeo y subo la vista. Allí, donde Neruda escribía versos verdes, cortos como relámpagos y se sentaba a escuchar la palpitación del universo, intento congelar cada instante y me refugio de nuevo en la bufanda, mientras alrededor todo es mar y mi vista salta desde los techos de las casas hasta encontrarse con los barcos.
Llegué a Valparaíso y conocí La Sebastiana, que perteneció al español Sebastián Collado, iniciando la construcción de cuatro pisos. Al morir la dejó inconclusa y sus herederos no continuaron la obra, que permaneció por varios años abandonada. Pablo Neruda compró la Sebastiana y se mudó allí con un matrimonio amigo; ellos vivían en los dos primeros pisos y él en los cinco pisos del otro lado. La rescató de los vientos y el invierno marino, inaugurándola con sus amigos el 18 de septiembre de 1961. Para Neruda fue la casa de las fiestas de Año Nuevo en el puerto, mirando los barcos y fuegos artificiales. Ahora La Sebastiana es parte de la Fundación Pablo Neruda, creada por Matilde Urrutia, tercera esposa del poeta. Fue restaurada tal como él la mantenía y se abrió al público el 1 de enero de 1992.
La Sebastiana está llena de colores, plantas y escaleras. Al entrar hay un inmenso jardín: pasto, árboles y unas bancas que muestran en el respaldo el rostro del poeta. En el primer piso está el comedor y desde allí se puede ver la chimenea que forma un semicírculo, diseñada y bautizada por Neruda como “Tinaja para el humo”; a un costado, un caballo de marca Bayol traído desde París. Las ventanas son enormes, y las hay en todos lados. En la sala son grandes ventanales también en semicírculo; en el baño y las escaleras unas claraboyas en donde se ha apreciado desde siempre como testigo el mar.
En otro piso está el bar, en donde el gran poeta preparaba el “Coquetelón”, receta de su propiedad: una copa de coñac francés, una de cointreau de Angers y dos de jugo de naranja. Se mezclan bien y se llena el tercio de una copa (la naranja es sólo para distraer). En la recámara había instalado “veladores” y una “cómoda de barco” —siempre decía que navegaba desde tierra, por aquello de la seguridad.
En el cuarto piso el techo es azul y el piso y las paredes de madera. Un librero, un globo terráqueo y en la puerta que lleva a la terraza un póster de Walt Whitman, su poeta favorito, claro, aparte de Baudelaire y Rimbaud, pero Whitman era su padre, como le dijo al carpintero que le puso el marco cuando éste le preguntó si ese señor era su progenitor.
En Valparaíso conocí a la familia Altamirano, quienes me contaron anécdotas del poeta. “Nosotros vivimos en La Sebastiana”, dijo la señora María Altamirano y en la cara se le dibujó una sonrisa. “Se la pasaba durmiendo y Matilde un día salió a gritarme: ‘Apaga la radio que vas a despertar a Pablito’, y así era todos los días en La Sebastiana”.
La casa de Isla Negra, escenario de El cartero de Neruda, está rodeada por puestos de artesanías en donde se pueden encontrar desde libros y aretes hasta figuras con la cara de Pablo Neruda. En la entrada de la casa están grabadas las iniciales P y M, o sea, Pablo y Matilde, y el piso está lleno de caracoles. El poeta quiso que rellenaran los caracoles de yeso y después los incrustaran en el piso, aunque no fuera muy cómodo caminar sobre ellos. Entrar allí es una locura. La casa está hecha en forma de barco, por todos lados hay proas y popas de antiguos barcos europeos. Una de ellas es una mujer con vestido azul y los pechos descubiertos, la cual, según el premio Nobel, era su novia.
“En las arenas de Magallanes te recogimos cansada,
navegante, inmóvil
bajo la tempestad que tantas veces tu pecho dulce y doble
desafió dividiendo en sus pezones…
Para mí tú belleza guarda todo el perfume, todo el ácido errante, toda su noche oscura.
Y en tu empinado pecho
de lámpara o diosa,
torre turgente, inmóvil amor,
vive la vida.
“A una estatua de proa”, de Canto general:
En el comedor todo está calculado. Los individuales tienen imágenes de barcos, pero en el lugar en donde él se sentaba hay un timón, para dejar en claro quién era el capitán en esa mesa. Afuera, en el jardín, una pirámide se alza sosteniendo varias campanas de diferentes tamaños, todas unidas por la misma cuerda para hacerlas sonar cuando llegara a Isla Negra.
Algo verdaderamente sorprendente es “El caballo de dos colas”. Se dice que cuando Neruda era niño vivía en Temuco y siempre quiso tener ese caballo, así que cuando fue famoso, y sobre todo respetado, no dudó en comprarlo, y para recibirlo en Isla Negra organizó una fiesta, en la que cada invitado tenía que llevarle un regalo al caballo. El nuevo integrante de la familia recibió de todo, pero era tan grande que no podía pasar por la puerta hasta la sala, así que Neruda mando a tirar la pared para que el caballo pudiera descansar en alguna parte de la casa. Se le llamó el caballo de dos colas porque a un invitado se le ocurrió llevarle de regalo una extensión extra de largos y negros cabellos.
Pablo Neruda tenía una peculiar afición: recogía caracoles de todos lados:
“Lo mejor que coleccioné en mi vida fueron mis caracoles .Estos me dieron el placer de su prodigiosa estructura: la pureza lunar de una porcelana misteriosa, agregada a la multiplicidad de formas, táctiles, góticas, funcionales”.
La impresionante colección incluye las más raras especies de los mares de México, Cuba, China, Filipinas, Japón y el Báltico, y fueron obtenidas por intercambio, compra y robo. Exageró tanto su caracolismo que un día sus ejemplares pasaron de quince mil, ocupando todos los rincones de su casa, así que los agarró todos y los donó a la Universidad de Chile.
Tenía también una cantidad enorme de guitarras, de todos los tamaños y formas, aunque no sabía tocar ninguno. Pero eso era lo de menos, lo que Pablo Neruda quería era tenerlo todo, aunque no era necesario comprarlo, ya que le llegaba cualquier barbaridad de regalos. Desde un telescopio que no pudo usar a causa de su muerte, hasta un ancla gigante llevada desde Antofagasta hasta los jardines de la casa de Isla Negra. Intentaron meterla jalándola con caballos, pero era demasiado pesada, así que tuvieron que recurrir a la fuerza de un tractor.
En un rincón estaba su escritorio, que antes fue sólo un pedazo de madera que encontró en el mar una mañana que se levantó gritándole a Matilde que lo acompañara a rescatar aquella tabla que se acercaba flotando. Se metió al mar a pesar de que no resistía estar dentro aunque lo amara y tuviera una inmensa cantidad de poemas dedicados al gran océano; sacó el tablón diciendo que el mar se lo había enviado como un obsequio. Al ver en su habitación sus pijamas y zapatos, me puse a pensar como habría olido Neruda, allí, acostado en aquella cama que estaba colocada, como todo en esa casa, con “táctica y estrategia”, de modo que el sol salía por los pies y se ocultaba en su cabeza, a través de una ventana enorme que apuntaba hacia el mar.
Sal por todas las calles
del mundo
a repartir pescado
y entonces
grita,
grita
para que te oigan todos
los pobres que trabajan
y digan,
asomando a la boca
de la mina:
“Ahí viene el viejo mar repartiendo pescado”.
Oda al mar
El 11 de septiembre, un golpe militar derriba al presidente constitucional Salvador Allende. Neruda muere el 23 de ese mes y es sepultado entre el ruidoso silencio de su pueblo y del mundo, que se entera con estupor de su muerte y del saqueo de su casa. La vida y obra de Pablo Neruda confluyen hoy en un sólo plano como la concreción de esa voluntad cíclica que tanto persiguió a todo lo largo y ancho de su existencia titánica, de ese deseo de asaltar el cielo para romper el muro que enclaustraba su existencia y la de los hombres:
“ Amo el amor de los marineros que besan y se van.
Amor que puede ser eterno y puede ser fugaz.
En cada puerto una mujer espera;
los marineros besan y se van.
Una noche se acuestan con la muerte en el lecho del mar”.
De “Farewell y los sollozos”
Caminé por todo Valparaíso bajando y subiendo las escaleras que rodeaban el puerto antiguamente llamado Pancho, debido a que los barcos llegaban observando desde la bahía el campanario de la iglesia de San Francisco y celebraban diciendo “Ya llegamos a Pancho”. Recorrí los ascensores que te llevan a lo más alto de Valparaíso, escuché y sentí a Neruda; cómo no sentirlo entre esas paredes si allí estaba el caballo, los caracoles, las guitarras y en el mar, en medio de la arena y con tanto frío, un busto de su efigie que se hacía cada vez más pequeño cuando me alejaba, desde Neruda hasta el ascensor.

Como bien diría Thamer (Tiny boss), lees poesía?? Cuando se es lector y tienes el privilegio o el don de escribir, es algo que se percibe como un perfume, y es fuerte, claro y definitivo. Los viajes denotan las aficiones, cualquier inculto preguntaría, ¿y ese Neruda quién es? Entonces ambas moriríamos de risa, pena y tal vez de angustia, de saber que existe alguien que no ha tomado a Neruda como inspiración para enamorar o arrebatar besos apasionados.
Me encanta tu forma de relatar, eso de que te lleven de la mano y te den a oler un espacio es fantástico. Felicidades por este espacio de reflexión y buenas letras, en las que expresarse es el símbolo universal de creación artística.