El peatón no es un tope, es un ser
humano amigo del pesero.
Molotov
Mariel Iribe
I
El peatón, como bien se ha dicho, es fuente de inspiración del taxista o camionero: cuando éste acelera es porque su instinto de corredor de autos fórmulauno es alimentado por esos personajes, que en alguna parada renuncian al papel de peatón y prefieren abordar una bestia mitad blanca, mitad verde y mayormente calurosa, que atraviesa puentes, vínculo entre allá y acá según la perspectiva.
II
Debe pensar muy bien cuál será su trayecto, de no ser así puede verse involucrado en discursos que retrasarían su puntual llegada.
III
Hay que resignarse, renunciar a profesiones y estados de ánimo para volverse neutral, asexual y pensador de actos siniestro-terroristas mientras contempla edificios del centro, de los cuales desconoce su historia o posible antigüedad; eso no importa, ni impide que disfrute caminar contando uno a uno los pasos, los escalones, las rayas de las banquetas; o bien, evita pisarlas dando pasos largos o acortándolos de ser necesario, esté o no previsto, ya que le es fácil adaptarse a las circunstancias que ser caminante amerita.
IV
El andante no realiza esta actividad con la mente en blanco. Claro, quien posea dicha cualidad puede usarla en beneficio y aumentar la concentración en nada.
V
Dejando de lado aquello de que musicalmente el clarinete es mucho más rico que el diccionario, dejé los prejuicios y encontré que al peatón puede llamársele, entre otros: viandante, transeúnte o caminante.
VI
Conoce las calles no por sus nombres, aunque a veces lo presiente o imagina; las identifica por lo rugoso o liso del asfalto, por el número de piedras que ha pateado -cuando va, cuando viene- y si le preguntan direcciones se encoge de hombros, pues nadie aceptaría una explicación: gire a la derecha y deslice los pies hasta encontrarse frente a ese edificio de 36 escalones y patee dos piedras mirando hacia arriba en la calle rasposa. Por eso es que se queda callado.
VII
El peatón no escucha el claxon de los carros e ignora las banquetas. El semáforo peatonal en ámbar parpadea tratando de evitar algún siniestro.
VIII
Siempre está perdido, desconoce hora y los nombres de los monumentos. Adora tirar monedas a las fuentes.
IX
Los agujeros, coladeras y el camión de la basura instituyen un paisaje.
X
Cuando se encuentra en otro país, admira señalamientos y semáforos, sobre todo aquellos que cuentan los segundos que le quedan para decidir si cruza o se abstiene, aunque ignore las opciones contando en forma regresiva y el semáforo se pone en rojo.
XI
Se piensa tomado a la mano de una señorita que al ver que su peatón descansa en la superficie del asfalto, con un hilo de sangre de las comisuras de la boca al pavimento, prefiere alejarse mirando hacia otra parte…
XII
El pasado del peatón es importante, ya que si ha sufrido agresiones verbales anteriormente por los automovilistas quizá camine más altanero que de costumbre.
XIII
Cuando el peatón empieza a mover las piernas, en cada esquina, al cruzar las avenidas y los parques, ha llegado entonces la hora de apurar el paso, y lo sabe, de buscar quizá un retrete que al abrir la puerta venga a salvarle la vida. Pero al entrar: en el pasillo nada, a los lados tampoco y por fin al fondo, en los rincones de un restaurante, lo primero que salta a los ojos es un letrero: Sólo personal autorizado. Aquí es cuando vuelve el peatón a la calle y se va, se pierde bajo la sombra de los edificios.
