Mariel Iribe Zenil
Gilberto Owen, nació el 13 de mayo de 1904 en Rosario, Sinaloa. Fue hijo de Esperanza Estrada y Guillermo Owen, gambisuno rubio con sangre irlandesa que llegó a Sinaloa a encontrar fortuna en el Mineral de Rosario. Esto lo sabemos mitad gracias a los descubrimientos de investigadores como Francisco Beltrán Cabrera, y mitad por palabras del propio Owen. Sin embargo, aún sobre datos tan elementales como el de la existencia de un padre como el que él relata, no se tiene ninguna certeza.
Sin duda, a la vida y obra del sinaloense los mantiene unidos un lazo indestructible, aunque no muy fácil de percibir, porque no se sabe donde comienza la obra literaria y donde el dato biográfico. Owen tendía a mitologizar su propia vida como un recurso para crear un personaje, y quizá para hacer que su figura como ente histórico perdurara, paradójicamente, más que la de algunos de sus contemporáneos que fueron hombres de la vida pública.
Como escribió Rosa García Gutiérrez:
De Owen podría decirse, como dijo Villaurrutia de Novo en su reseña a El joven, que para él “la vida era un poco literatura”, aunque en un sentido inverso: Owen no llevó a su vida parámetros literarios, no intentó vivir de acuerdo con los dictados que le imponían los libros que leía, sino que trasladó su vida a la literatura para construir con la palabra poética su otra autobiografía: la del escritor Gilberto Owen, complementaria a la del hombre Gilberto Estrada, su nombre legal.
Quizá Owen, en un juego en el cual pretendía ir creando a voluntad su propia historia, llegó a mentir –o sólo a maquillar cierta información, como la existencia de su padre minero o su fecha de nacimiento- y así poder hacer de su vida el mito que Tomás Segovia, Alí Chumacero, Luis Mario Schnider, Inés Arredondo, Josefina Procopio, Miguel Capistrán, Francisco Beltrán Cabrera y Vicente Quirarte, entre otros, han intentado descubrir, reuniendo sus obras y testimonios sobre su vida dispersos en publicaciones de poca fortuna, hemerotecas, oficinas recónditas y archivos muertos.
Sin embargo, el último de ellos, el autor que hoy nos ocupa, se propuso ir más allá y establecer no sólo un orden cronológico, sino plasmar un hombre de carne y hueso, mucho menos fantasmal que sus antecesores, y retribuir a Gilberto Owen lo que la historia, o la parcialidad de ella, le había arrebatado.
En una entrevista que tuve oportunidad de realizar hace algunas semanas, Vicente Quirarte me contó que siendo estudiante del Colegio de México, en 1978, descubrió su atracción por Owen y Luis Cernuda, dos poetas poco conocidos en esa época. Pero fue años después, maravillado por los versos de Sindbad el varado, que empezó a descifrar el misterio, a buscar caminos por dónde transitar, con el afán de llegar al centro mismo del mito del fantasma, del equilibrista, de Gilberto Owen.
Y así como el poeta Sinaloense decidió hacer del viaje tema central de su poesía, para armar el rompecabezas de esta historia, Quirarte ha navegado en un viaje permanente, sin descanso, alrededor de lo que aún a pesar del tiempo, sobrevive intacto en la memoria de los protagonistas de aquella época (Blanca Margarita Guerra Estrada, Clementina Otero, Marinela Barrios Otero, Victoria y Guillermo Owen Salazar)
Vicente Quirarte elige en este libro, como los siete viajes de Sinbad, siete momentos en la vida de Gilberto Owen, muchos de ellos tomados de estudios y registros dispersos, y construye un libro formado por siete capítulos, todos contados con la astucia del narrador que deja en la tinta la emoción del descubrimiento y nos presenta no sólo al poeta sino al niño vidente de Rosario, que predice terremotos y asusta a los vecinos; al joven que bajo el mando de Álvaro Obregón hace resúmenes diarios de noticias; al Owen que madura de prisa, que aprende a tocar todos los instrumentos de orquesta, al que actúa en el teatro de Ulises, a aquél que se enamora de la chica Otero e inicia una historia epistolar que, sabe, está destinada al fracaso, pero que seguiría viva hasta nuestros días gracias al poder de su palabra; descubrimos por primera vez al librero en Bogotá, al diplomático en Nueva York, Lima, Guayaquil, Filadelfia, y al Owen alegre que regresa a México para buscarle un nuevo sentido a su vida.
Al hacer este recorrido en el tiempo, se puede percibir que a Quirarte lo mantienen vivo dos cosas: la duda y la exhaustiva búsqueda para resolverla.
Por eso sale a buscar los testimonios que ahora le dan vida a Invitación a Gilberto Owen, y nos muestra un panorama más amplio del poeta, lo cual conlleva a una mejor comprensión de su obra. Se conoce, gracias al epistolario amoroso Me muero de Sin Usted, en el cual Vicente Quirarte y Marinela Bariios Otero se encargan de reconstruir el amor que Owen sentía por la actriz Clementina Otero, que ambos actuaron en la obra El Peregrino, de Charles Vildrac, traducida por nuestro poeta, y en la cual ella encargaba a Dionisia y él al tío que se encargaba de su educación sentimental. A partir de ese episodio, Owen transforma la realidad y la convierte en parte de su obra cuando escribe:
“Recuerda aquella postura, en que yo era tu tío y que ha
eternizado
otra fotografía desenfocada por un temblor de tierra en la luna”
Esto nos recuerda que Oscar Wilde, invirtiendo el sentido de la frase de Aristóteles, dijo que la naturaleza imita al arte, y en el caso de Owen, esto resultó ser verdad. En aquella obra, Owen encarna al tío de Clementina, sin saber que más tarde conocerá un amor, como salido de un drama, y que a su vez también hará eco en su poesía.
En este libro, Quirarte logra recrear con naturalidad la vida del poeta desde diferentes perspectivas, y al hacer uso de la primera persona, seduce al lector con la anécdota de Blanca Margarita Guerra Estrada, esta prima de Owen, a quien conoce, sencillamente, por casualidad, sin pensar, que estaba frente a la protagonista del Libro de Ruth.
Vicente Quirarte la recuerda aún con la emoción de aquél día:
“Ahí estaba frente a mi Blanca Margarita, y lo único que hice fue lanzarme sobre ella”.
Al dar la vuelta a cada una de estas páginas, la sensación es la del deleite puro que deja en nosotros una buena prosa; se avanza en el tiempo con un ritmo inteligente y el lector se encuentra frente a una línea elocuente que atraviesa la vida de Gilberto Owen, al mismo tiempo que el autor camina en su viaje alrededor del poeta.
También es posible percibir en la calidad de la investigación, los muchos viajes de la Ciudad de México a Rosario y de México a Colombia, donde hay que resaltar, rescata de las manos de Victoria Owen Salazar una iconografía que nunca antes había sido publicada, donde se aprecian las diferentes etapas del rosarense – el parecido con su madre, el álbum de la familia Owen Salazar, su estancia en Toluca, y sobre todo, el cuadro a color de Ignacio Gómez Jaramillo.
Así, consciente de que la biografía siempre será parcial y complicada, Quirarte supo recrear las historias de una manera particular y hasta polémica para los ortodoxos, pues defiende su inclinación por la biografía de interpretación, aquella en la que se puede recrear con libertad los momentos de los cuales jamás se tendrá plena certeza de cómo ocurrieron. Pero al mismo tiempo, este libro establece un nuevo punto de partida para los investigadores, pues sobre Gilberto Owen, siempre estarán el mito y la duda en el aire.


Mariel:
Qué gusto me da que hayas vuelto al blog. Te felicito sobre todo por esta entrada que, me imagino, tiene que ver con la presentación que hiciste del libro de Vicente Quirarte.
Saludos!
Mariel:
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http://www.jornada.unam.mx/2008/08/24/sem-leer.html
Saludos!